A 49 años del inicio de la última dictadura, los testimonios de Gabriela Schroeder Barredo y María Ramírez expusieron cómo el terrorismo de Estado alcanzó de manera directa a niñas y niños. Ambas atravesaron secuestros, separaciones familiares y decisiones institucionales durante la dictadura. Gabriela fue llevada cautiva junto a sus hermanos tras un operativo contra su familia, mientras que María y sus dos hermanos quedaron bajo tutela estatal luego del asesinato y desaparición de su madre. Sus relatos sostienen reclamos de reconocimiento ante la Justicia y en la memoria social.
Las historias ocurrieron en lugares y circunstancias diferentes, aunque comparten una consecuencia central: la infancia quedó marcada por acciones represivas y por la ruptura de los vínculos familiares. En un caso, los chicos fueron trasladados por quienes irrumpieron en su casa; en el otro, quedaron primero con vecinos, luego en una comisaría, un tribunal de menores y finalmente en instituciones de alojamiento.
Gabriela, de 53 años al momento de brindar su relato, se encontraba en Chile. Desde allí alternó los recuerdos de la niña que fue con una mirada adulta sobre lo sucedido. María, por su parte, vinculó los padecimientos vividos en la niñez con su posterior recorrido por la pintura, la lectura y los procesos judiciales que abordaron el caso de su familia.
El testimonio de Gabriela y los días de cautiverio
Gabriela Schroeder Barredo fue secuestrada junto a Victoria y Máximo durante un operativo realizado en 1976. Su madre era Rosario Barredo, militante tupamara uruguaya. Gabriela nació 10 días después del asesinato de su padre, Gabriel Schroeder, ocurrido el 14 de abril de 1972, mientras Rosario se encontraba detenida. Tras recuperar la libertad, Barredo formó pareja con William Whitelaw.
De esa relación nacieron Victoria, en 1975, y Máximo, en marzo de 1976. Los tres chicos vivían con Rosario y Whitelaw en una casa de la calle Matorras al 310. Durante la madrugada del 13 de mayo de 1976, cerca de las dos, un grupo de tareas argentino y uruguayo llegó a esa vivienda y se llevó a los niños.
Según el recuerdo de Gabriela, los vecinos ofrecieron quedarse con ellos, pero esa posibilidad fue rechazada por los secuestradores. También dejó de ver a Corbata, el perro boxer de la familia. Con el paso del tiempo le dijeron que el animal había sido visto en Automotores Orletti, uno de los lugares asociados al circuito represivo de aquellos años.
“A mis hermanos y a mí nos secuestraron. Nos tuvieron cautivos. Trataron de apropiarse de nosotros. Nos usaron como instrumento de tortura. Fuimos víctimas directas. Todavía falta que la historia hable de nosotros, los niños”, afirmó Gabriela al referirse al lugar que las infancias tuvieron dentro de la represión estatal.
Durante mucho tiempo no pudo establecer en qué sitio habían permanecido cautivos. Esa información recién apareció en 2020, cuando conoció que habían estado en la base Bacacay, identificada como el primer centro clandestino administrado por la Secretaría de Inteligencia de Estado, la SIDE. Como ingeniera, aportó una descripción detallada que ayudó a identificar ese lugar.
Los recuerdos de una familia separada
La última imagen de Gabriela junto a su madre quedó ligada al momento en que Rosario Barredo fue retirada para ser asesinada. También conserva una escena con Willy, a quien vio en un baño antes de que fuera llevado. Según su relato, allí él le dijo que la quería mucho y que se cuidara. Fue una despedida en medio del cautiverio.
Gabriela recuerda, además, el nerviosismo de Rosario cuando advirtió que la menor de los chicos la seguía. Para entonces, los adultos de la familia estaban detenidos y los niños permanecían bajo control de quienes habían irrumpido en la casa. Más tarde, Gabriela fue separada de Victoria y Máximo.
Rosario Barredo, William Whitelaw, Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz fueron ejecutados. Sus cuerpos aparecieron el 21 de mayo de 1976 dentro de un Torino borravino, ocho días después del secuestro. Antes de que los hermanos fueran localizados, Gabriela había sido trasladada primero a una casa y luego a un departamento.
Finalmente, los tres niños fueron entregados a Juan Pablo Schroeder, abuelo de Gabriela, quien los buscó hasta encontrarlos. Ella promovió una querella en Uruguay por los hechos que la afectaron y espera que en Argentina se juzgue lo ocurrido en la base Bacacay, que no fue incluido en el tramo elevado a juicio por decisión de la Cámara Federal porteña.
Su reclamo apunta a que las experiencias de secuestro, cautiverio y separación no queden fuera de los procesos de memoria. “Hay que construir memoria para que con los niños no se metan nunca más”, sostuvo.
La dictadura, el hogar y la historia de los hermanos Ramírez
María Ramírez tenía 4 años cuando vio por última vez a su madre, Vicenta Orrego Meza, en Almirante Brown. En la vivienda alquilada por la familia, ubicada en un barrio humilde, ingresó la Brigada de Lanús y abrió fuego sin aviso. También estaban Carlos, de 5 años, y Mariano, de 2.
Durante el operativo, un perro escapó y se escondió detrás de una heladera. Carlos corrió detrás del animal y una bala le rozó la nuca. Vicenta pidió que dejaran salir a sus hijos, aunque después fue acribillada. Su cuerpo nunca fue hallado y existen testimonios que indican que la policía lo retiró en un carro.
Los chicos quedaron inicialmente con vecinos, que luego los llevaron a la comisaría de Adrogué. Desde allí fueron derivados al Tribunal de Menores de Lomas de Zamora. Ese juzgado estaba a cargo de Delia Pons, identificada con la dictadura, quien no localizó a los familiares de los hermanos.
La magistrada ordenó que fueran enviados primero a un orfanato y después a la Casa de Belén, un hogar dependiente de la parroquia Sagrada Familia de Banfield. María, Carlos y Mariano permanecieron allí durante casi siete años, mientras sus familiares continuaban buscándolos.
María relató que en ese establecimiento padecieron golpes, humillaciones y castigos, entre ellos comer con los perros. En su caso, además, denunció abusos sexuales reiterados. Lucila, tía de María, logró ubicarlos, pero Pons se negó a entregárselos.
El fallo judicial y el reencuentro familiar
El Tribunal Oral Federal 1 de La Plata reconoció en 2023 las condiciones padecidas por los hermanos Ramírez en la Casa de Belén. La sentencia estableció que esas vivencias se asemejaban, en numerosos aspectos, a la metodología aplicada en los campos de concentración.
Julio Ramírez, padre de los chicos, reclamó por ellos mientras estaba detenido y siguió haciéndolo tras salir del país con “opción”. Los fundadores del Centro de Estudios Legales y Sociales, el CELS, intervinieron para obtener un fallo favorable de la Corte y para preparar a los niños para el reencuentro con su padre.
Luego, el traslado a Suecia no eliminó los temores de María. En su relato, la tristeza se intensificaba cuando sentía que el vínculo con Vicenta podía debilitarse. Con los años encontró en el arte una forma de expresar el dolor acumulado, y comenzó a incorporar colores en sus pinturas después de la resolución judicial.
María también se acercó a los clásicos y a textos de filosofía. “El material de la reflexión de Platón creo que dice mucho acerca de cuándo la justicia funciona y cuándo no. Fue muy reparador para mí llegar hacia el paraíso y sentir la presencia de mamá y una paz interior”, dijo.
A finales de 2024 expuso sus obras en la Asociación de Magistrados. En esa presentación se refirió a la necesidad de escuchar a quienes atravesaron estas situaciones durante la niñez: “Es importante tomar los relatos de los niños con respeto y credibilidad –les dijo. No hacerlo es una obra maestra de la injusticia”.

