La noche del Sábado Santo concentra, en muchas confesiones cristianas, la ceremonia más extensa y solemne de la Semana Santa: la vigilia pascual, una liturgia que dura varias horas, se celebra solo una vez al año y marca el inicio del Domingo de Pascua. En templos católicos, anglicanos, luteranos, metodistas y presbiterianos, esta celebración combina signos antiguos, lectura de la Biblia, bautismos y misa, en un clima de silencio primero y de fiesta después, que también se replica en parroquias y comunidades de Salta y del resto del país.
Cómo se vive la vigilia pascual en la noche del Sábado Santo
En la práctica cristiana, la vigilia pascual del Sábado Santo se concibe como la celebración central del fin de semana de Pascua, con una estructura que, en la tradición católica y en varias iglesias históricas, se divide en cuatro grandes momentos: Servicio de la Luz, Liturgia de la Palabra, Liturgia del Bautismo y Eucaristía. Esta organización permite recorrer desde la oscuridad y el silencio inicial hasta la alegría por la Resurrección, que se proclama de manera solemne entrada la noche.
El comienzo está marcado por un detalle clave: la liturgia no puede empezar mientras haya claridad, por lo que se realiza después de la puesta del sol del Sábado Santo. La comunidad se reúne dentro del templo a oscuras, mientras en un sector apartado, ya sea en una capilla lateral o en el exterior, se enciende un fuego nuevo que es bendecido por el sacerdote. Ese fuego, que simboliza la salvación y la esperanza ligadas a la Resurrección y al fin de la oscuridad del pecado y de la muerte, se usa para prender el cirio pascual.
Este cirio pascual es una vela grande que se coloca luego en el santuario o junto al ambón y permanece allí durante todo el tiempo de Pascua. Más adelante, se traslada al baptisterio para que las velas de quienes se bauticen a lo largo del año se enciendan de esa misma llama. De esta forma, la luz encendida en la vigilia pascual del Sábado Santo acompaña de manera visible las celebraciones posteriores, en especial los bautismos.
Una vez encendido el cirio, se apagan las luces del templo y solo se ve la llama que porta el diácono o el sacerdote. Desde esa vela principal se van prendiendo las velas de los fieles, hasta que la oscuridad se va rompiendo de manera gradual. En procesión, el ministro que lleva el cirio pascual se detiene en tres puntos y canta la aclamación «La luz de Cristo», a lo que la asamblea responde «Demos gracias a Dios». Recién después de la tercera proclamación se encienden las demás luces del templo, con excepción de las del altar.
A continuación, el diácono o un cantor entona el Exultet, conocido como «Proclamación Pascual», un canto antiguo que recorre el sentido de la noche y de la Pascua. Solo cuando concluye este anuncio, las personas apagan sus velas personales y toman asiento para iniciar la segunda gran parte de la vigilia pascual: la Liturgia de la Palabra.
Lecturas bíblicas, bautismos y misa en la vigilia pascual
En la liturgia católica, la vigilia pascual reúne una serie amplia de lecturas bíblicas que recorren la historia de la salvación, desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento. El esquema completo prevé nueve textos: siete pertenecen al Antiguo Testamento y los otros dos corresponden a una epístola y al Evangelio. Las normas litúrgicas permiten acortar esa cantidad, pero exigen que, al menos, se proclamen tres lecturas del Antiguo Testamento y que no se omita el relato del paso del Mar Rojo, tomado del libro del Éxodo, capítulo 14.
Después de cada pasaje veterotestamentario se canta un salmo o cántico, como el de Éxodo 15:1-18, seguido de una oración que vincula lo recién proclamado con el misterio de Cristo. Así se va trazando un hilo que une los textos antiguos con el sentido de la Pascua. Una vez terminadas las lecturas del Antiguo Testamento, se entona el Gloria in excelsis Deo, que había estado suprimido durante toda la Cuaresma, mientras suenan las campanas para remarcar la solemnidad de ese momento.
Luego se proclama un texto de la Epístola a los Romanos. En ese punto, por primera vez desde el inicio de la Cuaresma, se canta el Aleluya. Acto seguido, se lee el Evangelio de la Resurrección y se reza el salmo responsorial correspondiente. Con esto concluye la Liturgia de la Palabra dentro de la vigilia pascual, y la celebración avanza hacia la tercera parte: la Liturgia del Bautismo.
En este tramo, el foco se desplaza a la pila bautismal. El agua es bendecida y, dentro de ese marco, los catecúmenos o quienes buscan integrarse plenamente en la Iglesia reciben los sacramentos del Bautismo y, en muchos casos, de la Confirmación. La asamblea entera renueva las promesas bautismales y es rociada con agua bendecida. Después de ese gesto comunitario se realizan las oraciones de los fieles, con intenciones por distintas necesidades de la Iglesia y del mundo.
La última parte de la vigilia pascual es la liturgia eucarística, que sigue el esquema habitual de una misa. Esta Eucaristía se considera la primera misa del Domingo de Pascua. Durante la comunión, aquellas personas que fueron bautizadas en la misma celebración acceden por primera vez a la Sagrada Comunión, siempre que tengan la edad y la preparación requeridas. Las normas del Misal indican que la vigilia pascual debe concluir antes del amanecer del domingo.
Qué significa el Sábado Santo y cómo se vive fuera de la vigilia
Además de la vigilia pascual nocturna, el Sábado Santo está marcado por un clima particular de silencio, espera y oración. En los relatos del Evangelio, este día se ubica entre la crucifixión y la resurrección de Jesús, y se vincula con su entierro en una tumba excavada en la roca. Los textos señalan que el cuerpo fue depositado de manera apresurada debido a la cercanía del día de reposo, con la idea de completar luego los ritos funerarios y el embalsamamiento, una vez terminado ese tiempo, ya que las normas religiosas impedían realizar un sepelio considerado adecuado durante esa jornada.
Dentro de la liturgia católica, el Sábado Santo se sitúa entre la celebración del Viernes Santo, que recuerda la muerte y el entierro de Jesús, y la vigilia pascual de la noche del sábado, que ya pertenece litúrgicamente al Domingo de Pascua. En ese lapso no se celebra ninguna misa. La Iglesia propone vivir el día con ayuno y oración, concentrando la reflexión en la Pasión, la Muerte y el Descenso a los Infiernos, siempre con la mirada puesta en la Resurrección que se proclamará más tarde en la vigilia.
Durante el Sábado Santo, la Iglesia renuncia al sacrificio de la misa y mantiene el altar sin adornos hasta la celebración nocturna. La normativa litúrgica indica también que la Sagrada Comunión solo puede darse como Viático, es decir, para personas en peligro de muerte. Este modo de proceder refuerza el carácter de espera y de recogimiento que rodea al día previo a la alegría pascual.
En sintonía con ese simbolismo, los templos católicos dejan las puertas del sagrario abiertas cuando está vacío, como signo de que Cristo no se encuentra allí sacramentalmente. Además, se apaga la lámpara o vela que, durante el resto del año, permanece encendida junto al tabernáculo para señalar la presencia eucarística. Recién con la vigilia pascual y las celebraciones del Domingo de Pascua se restablecen estos signos habituales.
Algunas comunidades anglicanas, como la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos, también otorgan un lugar propio al Sábado Santo. En esos casos se realiza una liturgia sencilla de la palabra, con lecturas que recuerdan el entierro de Cristo, como modo particular de marcar el silencio y la espera que anteceden a la vigilia pascual. Estas variantes muestran cómo diferentes confesiones cristianas comparten el mismo eje: reservar al Sábado Santo un tono sobrio, que desemboca en la celebración de la Pascua.

