Pobreza, chicos y drogas: la preocupación que crece en Pichanal y Orán

Los Hogares de Cristo acompañan a decenas de personas y alertan por situaciones que también llegan a las escuelas del norte salteño.

Los espacios que acompañan a personas con consumos problemáticos en Pichanal y Orán advirtieron que la demanda supera su capacidad de atención. El franciscano Guillermo Schatten señaló que la pobreza, la falta de acompañamiento cotidiano y la presencia de drogas afectan a chicos cada vez más jóvenes en el norte salteño. Según relató, los equipos vinculados a los Hogares de Cristo reciben consultas de familias y escuelas, mientras asisten a niños, adolescentes y jóvenes atravesados por distintas situaciones de consumo.

La red territorial trabaja en ambas localidades con personas que requieren contención y seguimiento. En Pichanal, los equipos acompañan a cerca de 25 personas, mientras que en Orán la cifra es algo mayor. Además, cuentan con una granja donde permanecen entre 15 y 20 personas.

Schatten explicó que el vínculo con una red nacional les permite mantener contacto con otros espacios, compartir experiencias y buscar alternativas ante problemas semejantes. Sin embargo, remarcó que los lugares y recursos disponibles resultan insuficientes frente a los casos que se presentan en las comunidades del norte provincial.

Chicos y drogas: la alarma por edades cada vez más tempranas

Uno de los datos que más inquieta a los acompañantes es la edad de inicio. El religioso afirmó que ya detectan situaciones de consumo entre niños de 10 y 12 años. “Acá estamos viendo un aumento: entre los 10 y los 12 años ya ingresan en el consumo”, sostuvo.

De acuerdo con su descripción, los primeros contactos no siempre se relacionan con sustancias de mayor impacto. No obstante, mencionó al alcohol y la marihuana entre los consumos registrados en esas edades. Para Schatten, esta realidad exige acciones preventivas antes de que el consumo o la venta aparezcan como una salida frente a necesidades materiales.

El franciscano indicó que algunos chicos también quedan involucrados en tareas ligadas a la comercialización de sustancias. En ese marco, relató que pueden ser usados para advertir la presencia policial o trasladar productos. “Son los que hacen de campana cuando llega la Policía, son los que transportan”, señaló.

Las escuelas también detectan situaciones que requieren intervención

Según Schatten, establecimientos educativos de la zona se comunican con los dispositivos de acompañamiento cuando encuentran a alumnos con productos destinados a la venta o en estado de consumo. Explicó que estas situaciones ya forman parte de una realidad conocida por las instituciones que trabajan con niños y adolescentes.

También describió un escenario complejo entre jóvenes de 12, 13 y 14 años que permanecen gran parte del día en la calle. Allí, sostuvo, hay adolescentes con consumos frecuentes, expuestos a peleas, conflictos y hechos de violencia. “No hay espacios de contención para estos jóvenes”, lamentó al referirse a esa franja etaria.

Pobreza y falta de contención: las condiciones que atraviesan a las familias

El religioso vinculó parte de esta situación con las dificultades económicas de numerosos hogares. Explicó que muchas personas adultas deben pasar varias horas fuera de sus casas para conseguir ingresos, por lo que niños y adolescentes cuentan con menos seguimiento cotidiano. En los domicilios, agregó, suelen quedar los más chicos y los adultos mayores.

Para Schatten, esa dinámica reduce las posibilidades de observar qué les ocurre a los jóvenes y facilita un mayor acceso a las drogas. Además, señaló que el deterioro económico puede afectar los vínculos familiares y producir desgaste dentro de los hogares, en especial cuando las necesidades básicas no están cubiertas.

Durante el acompañamiento de un joven, el franciscano escuchó una frase que, según dijo, refleja situaciones de exclusión presentes en varios casos: “Nosotros comenzamos a consumir porque teníamos hambre”. También mencionó testimonios de personas que ven la venta de sustancias como una forma rápida de resolver gastos inmediatos. “‘Compro los útiles y no vendo más’, nos dicen”, ejemplificó.

Schatten sostuvo que el abordaje no puede limitarse a una mirada sanitaria o policial. Los equipos, explicó, buscan conocer las circunstancias familiares, sociales y económicas de cada persona, sin concentrar la intervención solamente en la sustancia consumida.

En los últimos cinco años, afirmó, cambiaron tanto las edades de inicio como las sustancias presentes entre niños, adolescentes y jóvenes de Pichanal y otras localidades del norte. Históricamente, los consumos estaban más asociados al alcohol, la combinación de alcohol con pastillas y, en algunos casos, la inhalación de nafta.

El franciscano señaló que luego adquirió mayor presencia la pasta base y mencionó la aparición de crack, aunque aclaró que su valor más alto limita el acceso frente a otras sustancias. Al diferenciar sus efectos, indicó que la pasta base genera mayor deterioro y desconexión, mientras que el crack provoca una excitación intensa.

Finalmente, Schatten reclamó ampliar los ámbitos de contención, reforzar la prevención desde edades tempranas y sostener el acompañamiento a las familias. “Se necesitan políticas públicas preventivas y asistenciales”, reclamó Schatten.