Dos docentes argentinos quedaron entre los 50 finalistas del Global Teacher Prize, conocido como el “Nobel de la Educaicon”, seleccionados entre más de 5.000 postulantes de 139 países. Se trata de la chaqueña Gloria Cisneros, maestra rural en el impenetrable, y de Miguel Alejandro Rodríguez, profesor de escuelas técnicas de la Ciudad de Buenos Aires, que desarrollan proyectos educativos y solidarios en distintas comunidades, incluso en parajes de Salta. Los dos competirán por un premio de un millón de dólares que se entregará en febrero de 2026 en Dubái.
El Global Teacher Prize, premio internacional al que muchos se refieren como el “Nobel de la Educaicon”, dio a conocer este lunes a los 50 docentes que siguen en carrera en su última edición. Entre los seleccionados aparecen dos argentinos: la maestra rural del Chaco Gloria Cisneros y el profesor técnico porteño Miguel Alejandro Rodríguez. Ambos fueron elegidos entre más de 5.000 candidaturas de 139 países, en un proceso que busca destacar experiencias educativas con fuerte impacto social.
El galardón, que otorga un millón de dólares a la persona ganadora, es organizado por la Fundación Varkey junto con la UNESCO. La lista de finalistas reúne a educadores que trabajan en contextos muy distintos, pero con un punto en común: proyectos que vinculan la escuela con las necesidades concretas de sus comunidades. Dentro de ese grupo, Cisneros y Rodríguez fueron valorados por sus propuestas ligadas a la solidaridad, el compromiso con el entorno y la búsqueda de nuevas formas de enseñar.
Tras esta instancia, el Global Teacher Prize avanzará a una etapa más acotada: primero se filtrará a los 10 mejores y, finalmente, se elegirá a la persona ganadora. El anuncio del nombre se realizará durante la World Governments Summit, prevista en Dubái entre el 3 y el 5 de febrero de 2026, en una ceremonia que suele concentrar la atención del ámbito educativo mundial.
El trabajo de Gloria Cisneros en el impenetrable chaqueño, a la altura del Nobel
Gloria Cisneros, de 39 años, dirige y enseña en la escuela albergue rural N° 793 “Don Carlos Arnaldo Jaime”, ubicada en el paraje La Sara, en pleno impenetrable chaqueño. Es la única maestra del establecimiento y la responsable de que la escuela abra sus puertas cada semana. Los lunes sale desde Taco Pozo, la localidad donde vive, y recorre alrededor de 90 kilómetros en moto por caminos de tierra, que se complican con el barro y los pozos cuando llueve.
El viaje, que en una jornada tranquila puede demorar unas dos horas, se estira a cuatro o más si la huella está en malas condiciones o si la moto sufre desperfectos. En esos casos, vecinos de la zona suelen asistirla para que pueda llegar. Aun así, Cisneros procura arribar temprano cada lunes para recibir a los chicos que quedan internados en la escuela hasta el viernes, cuando sus familias regresan a buscarlos.
La matrícula actual ronda los 15 alumnos de primero a séptimo grado, todos compartiendo el mismo salón. En ese espacio reducido, Gloria cumple varios roles a la vez: es directora, docente de todos los años, encargada del cuidado diario de los estudiantes, responsable de la limpieza y del seguimiento del estado del edificio, además de gestionar los trámites administrativos que exige el funcionamiento de la institución.
Para todas esas tareas solo cuenta con el apoyo de un trabajador de cocina, que prepara la comida de los alumnos y colabora en distintos quehaceres cotidianos. Por eso, el funcionamiento de la escuela depende en gran medida de la organización que lleva adelante la maestra y del vínculo que mantiene con las familias del paraje, que acercan a los chicos al inicio de la semana de clases.
Su tarea no se limita al aula. Desde que llegó Internet a la zona en 2019, Cisneros empezó a ayudar a los pobladores con gestiones digitales, como trámites de seguridad social y servicios que ahora se hacen en línea. En un paraje donde hasta hace pocos años no había conectividad, ella se volvió un nexo clave para que vecinos y vecinas puedan resolver cuestiones básicas vinculadas con la vida cotidiana.
Esa misma conexión abrió nuevas posibilidades para su propuesta pedagógica. En la escuela, la docente incorporó una plataforma educativa que le permite trabajar contenidos de manera más dinámica, algo crucial en su contexto plurigrado. Su desafío principal es enseñar al mismo tiempo a chicos de distintas edades y niveles, sin que nadie quede atrás ni se aburra por falta de estímulos.
Una metodología creativa para un aula plurigrado
Para enfrentar esa realidad, Cisneros organiza las clases a partir de un tema común para todo el grupo, ya sea de Lengua, Matemática o Ciencias, y adapta luego el nivel de complejidad según el grado. Su objetivo es mantener a todos los estudiantes motivados, trabajando juntos pero con consignas ajustadas a cada etapa de aprendizaje. De esa forma, combina momentos compartidos con actividades diferenciadas.
Ella misma explicó, en una entrevista, cómo lleva adelante esa dinámica con un ejemplo concreto: parte de un video sobre un animal y, a partir de ese disparador, los más chicos identifican qué ven en pantalla, mientras que los de grados superiores agregan información y los de séptimo avanzan hacia la redacción de un texto descriptivo. Así, un mismo contenido se vuelve útil para todo el grupo, desde quienes recién están dando sus primeros pasos en la lectoescritura hasta quienes ya están por egresar.
La escuela participa en ferias de ciencias y consiguió buenos resultados, con proyectos que llamaron la atención en su región. Además, hay exalumnos que continuaron estudios superiores luego de pasar por esa institución rural. Ante la ausencia de jardín de infantes en el paraje, Cisneros suele incluir como “oyentes” a niños de menos de 6 años, para familiarizarlos con la escuela y facilitar su ingreso a primer grado.
Su propia historia escolar estuvo marcada por las dificultades. Nacida en Taco Pozo, pasó parte de su infancia acompañando a su familia en las cosechas de algodón. Durante meses, su padre trabajaba en campos donde funcionaban escuelas reservadas para los hijos de los patrones, mientras que los hijos de los cosecheros solían quedar afuera. Fue su madre quien insistió para que la dejaran estudiar, lo que le permitió retomar la primaria.
Con el tiempo, Gloria completó el secundario ya de regreso en Taco Pozo y más tarde se anotó en el profesorado local, que había reabierto luego de varios años cerrado. Cursó con dos hijos pequeños y se recibió con honores. A los dos años le ofrecieron hacerse cargo de la escuela del paraje La Sara. Primero se mudó con toda su familia al lugar, pero luego volvió a Taco Pozo por razones personales y desde entonces viaja cada semana para sostener el albergue.
Consultada sobre el impacto del Global Teacher Prize, comentó que, si obtuviera el millón de dólares, su prioridad sería construir una residencia estudiantil en Taco Pozo para que exalumnos rurales puedan seguir el secundario y carreras terciarias. También remarcó la necesidad de garantizar agua segura en el paraje: actualmente la escuela se abastece con agua de lluvia, almacenada en tanques y aljibes.
El proyecto de Miguel Rodríguez y su alcance social, en la mira del Nobel
El otro argentino finalista del premio conocido como Nobel de la Educaicon es Miguel Alejandro Rodríguez, de 57 años, profesor en escuelas técnicas de la Ciudad de Buenos Aires con casi tres décadas de trayectoria. Su trabajo se centra en proyectos de ciencia y tecnología pensados para resolver problemas concretos en comunidades de distintas provincias.
Rodríguez decidió que la mejor forma de despertar el interés de los estudiantes era vincular los contenidos escolares con acciones solidarias reales. De ese modo, fue diseñando proyectos en los que los chicos pueden aplicar lo que aprenden en el aula para crear soluciones a necesidades detectadas en territorio, como falta de acceso a la energía, al agua caliente o a determinadas herramientas tecnológicas.
Una característica distintiva de su enfoque es que las iniciativas no se quedan en la etapa de maqueta. Una vez que los dispositivos están listos, Rodríguez y sus alumnos viajan a los lugares donde se van a usar. Allí, el grupo instala los equipos y capacita a los vecinos para que puedan manejarlos y hacerles mantenimiento. Para los estudiantes, esas instancias también funcionan como una experiencia formativa fuerte, porque los pone en el rol de quienes explican y enseñan a otros.
En 2012, el profesor impulsó la creación de un Club de Ciencias, un espacio extracurricular donde participan adolescentes de distintas escuelas técnicas. La idea es que puedan reunirse, pensar proyectos y desarrollar herramientas que contribuyan a mejorar la vida de la gente. Desde ese ámbito surgieron muchas de las iniciativas que hoy lo llevaron a ser parte de los 50 finalistas del Global Teacher Prize.
Una de las experiencias que Rodríguez destaca con mayor frecuencia está vinculada con Salta. Junto a estudiantes de la Escuela Técnica N° 3 trabaja con la comunidad de Campo La Paz, en una zona de altura sin acceso a la red eléctrica convencional. Allí se propusieron instalar paneles solares para garantizar energía y también calefones solares para contar con agua caliente aprovechando el sol.
Viajes, premios y el futuro de los proyectos energéticos
El docente describe el trayecto que debe hacer el grupo para llegar a esos parajes salteños: viajan desde Buenos Aires a Jujuy, se quedan uno o dos días para aclimatarse a la altura y luego continúan hacia La Quiaca, donde vuelven a detenerse antes de seguir a los pueblos donde instalan los equipos. El recorrido por la montaña es de alta complejidad y solo puede hacerse con un vehículo por vez, lo que exige una organización detallada.
En el plano profesional, Rodríguez acumuló diversos reconocimientos. Recibió el Premio Docentes de la Ciudad, el premio Innovar y distinciones de la Fundación YPF y la Fundación Banco Petersen. A nivel internacional fue distinguido con el Energy Globe Award 2024 de Argentina, el Premio Mercosur de Ciencia y Tecnología, el Premio Zayed a la Sostenibilidad y el Dubai International Award.
Si llegara a ganar el millón de dólares del Global Teacher Prize, adelantó que destinaría los fondos a fortalecer las iniciativas energéticas en Campo La Paz y en zonas similares, con el objetivo de terminar de llevar energía solar y cubrir lo que la comunidad necesite para sostener la instalación en el tiempo.
De aquí en adelante, la organización del premio continuará con el proceso de evaluación para definir a los 10 finalistas y luego a la persona ganadora, decisión que quedará en manos de la Academia del Global Teacher Prize, integrada por especialistas y figuras del ámbito educativo internacional.

