Christian Herrera vivió en el Mundial un momento que, según contó, lo sacudió por completo. El cantante salteño ingresó con su familia al estadio AT&T de Dallas, donde la Selección argentina venció 3 a 1 a Jordania en el cierre de la fase de grupos, y ahí no pudo contener la emoción. Mientras caminaba hacia su lugar, con el teléfono en la mano, se le cruzó su historia de vida. En paralelo, también atraviesa una etapa fuerte en su carrera: firmó con Universal Music Argentina y volvió a poner en primer plano su defensa del folklore, un género que, según remarcó, busca seguir acercando a los más chicos.
La escena no tuvo que ver solamente con el partido ni con la magnitud del estadio. Para Herrera, ese ingreso quedó ligado a una distancia muy concreta entre el presente que estaba viviendo y la infancia que recuerda en Morillo, Coronel Juan Solá, en el Chaco salteño. Desde ese punto explicó por qué el viaje al Mundial tomó otro sentido y por qué eligió registrar ese instante.
Durante una entrevista con LA GACETA en una de las galerías del Hotel Riu Plaza Miami Beach, donde se hospeda, el artista repasó ese episodio, habló de su familia, de sus orígenes y también del nuevo acuerdo editorial que firmó para proteger y difundir su catálogo musical. Todo eso, dijo, forma parte de una etapa en la que busca ampliar su camino sin soltar la identidad con la que se hizo conocido.
Christian Herrera contó que el Mundial lo enfrentó con su propia historia
La emoción apareció antes de que empezara el partido. Apenas cruzó el acceso al estadio de Dallas, Herrera sintió que el cuerpo le reaccionaba solo. “Sentí ganas de llorar todo el tiempo desde que salí del hotel. Ahí se me atravesó la historia de vida”, relató. Ese nudo en la garganta, según explicó, no nació por el tamaño del evento ni por la comodidad del lugar, sino por todo lo que ese paso le hizo recordar.
El folklorista nació en Morillo, una localidad de Coronel Juan Solá, y describió a su pueblo como “un pueblito chiquito: somos 6.000 aproximadamente, poquitos”. Desde ahí armó el contraste que más lo movilizó. En vez de pensar en un estadio de primer nivel, se le vinieron escenas de infancia muy distintas: partidos en la calle, descalzo, con pelota de trapo y sobre caminos de tierra.
También recordó cómo eran esas noches de verano que se estiraban hasta tarde. “En verano, la cosa seguía hasta las dos o las tres de la mañana, hasta que aparecían las mamas de antes con el cinto en la mano y había que ir a bañarse y a dormir”, contó. Esos recuerdos, sumados a las carencias que todavía observa en la zona, fueron parte central de la emoción que sintió al entrar al estadio.
En ese repaso de su vida, mencionó además a los chicos de la comunidad wichí con los que compartía campeonatos barriales. Al hablar de la realidad actual del lugar del que salió, fue directo: “Los chicos hasta el día de hoy muchos andan descalzos, y no porque quieren, sino porque no hay. Vivo, vengo de una zona carente del país”. Para él, esa realidad siguió presente aun estando en uno de los escenarios deportivos más impactantes de Estados Unidos.
El estadio de Dallas quedó unido a un viaje familiar planeado durante dos años
Herrera aclaró que el viaje no salió de un día para el otro. Según contó, la ida a Estados Unidos fue preparada con mucho tiempo y con un objetivo claro. “Hace como dos años planificamos el viaje con la familia”, explicó. Durante ese período, el esfuerzo estuvo puesto en reunir el dinero para cubrir todos los pasajes y sostener un plan que involucró ahorro mes a mes.
En esa organización, le dio un lugar determinante a su entorno más cercano. “La familia es el motor de todo esto. Si no están ellos, es imposible que yo pueda concretar muchos sueños”, sostuvo. Esa presencia familiar, justamente, fue parte del peso emocional de la escena en el estadio, porque no estaba solo en un momento que él vinculó con años de lucha y de trabajo.
Al mismo tiempo, el artista atraviesa una expansión profesional. Mientras cumplía ese sueño vinculado al Mundial, firmó con Universal Music Argentina un acuerdo editorial para resguardar y promover su obra. Herrera relacionó esa novedad con una oportunidad más amplia para el folklore. “Estar ahí y poder llevar nuestra banderita, humildemente, del folclore, creo que es muy importante para el género”, afirmó.
Sobre la etapa que se abre, remarcó que no piensa relajarse. “Redoblar la apuesta, sin lugar a duda. Mostrarle a nuestro público, en especial a los niños, que el folklore es lo más importante que tenemos en el país”, señaló. Esa idea, ligada a la difusión del género entre los más chicos, apareció varias veces en su relato y fue una de las claves con las que explicó por qué decidió filmarse al ingresar al estadio.
Del Chaco salteño a una carrera en crecimiento sin soltar el folklore
Para quienes no lo siguen en redes o plataformas, Christian Herrera ya ocupa un lugar de peso dentro del folklore del norte. Es conocido como “El Cantor del Monte”, lleva más de dos décadas de recorrido y suma reconocimientos como la Consagración del Festival de Jesús María 2024 y la de Cosquín 2025. Además, desde hace más de veinte años encabeza la Fundación Morillo Canta por los Niños, un festival solidario con el que se acercan materiales, médicos y abogados a comunidades del Chaco salteño.
Su carrera, de todos modos, no fue lineal. Al hablar del camino artístico, dijo: “El arte no es fácil. Al mundo entero le cuesta reconocer remuneradamente el arte. Vos agarrabas la guitarra hace un par de años y la familia te preguntaba de qué vas a vivir”. En ese punto, planteó que hoy percibe un reconocimiento económico mayor hacia el trabajo musical. “Hoy se reconoce un valor económico al trabajo nuestro”, agregó.
Ese crecimiento también se sostiene en una estructura amplia de trabajo. “Nosotros somos 30, somos 26 los que viajamos y cuatro o cinco que trabajan desde la casa”, detalló sobre su equipo. A la vez, indicó que la respuesta del público no pasa solamente por la técnica o por la constancia, sino por una identificación con su manera de mostrarse. “Yo creo que el mostrarme auténtico, que la gente sepa de dónde vengo, quién soy y que los valores no se traicionan, hermano. Los valores se gestan a partir de la casa, desde niño, desde la escuela”, expresó.
En esa construcción personal hay dos territorios que aparecen todo el tiempo: Salta y Tucumán. Esa mezcla quedó resumida en la bandera que llevó al estadio, con la inscripción “Tucumán/Salta”. “Son mis dos amores”, dijo. Sobre Salta, señaló: “Le agradezco a Salta por haberme dado la sangre, el ADN, la herencia de cantar folklore”. Y sobre Tucumán explicó que allí armó su familia y encontró “las herramientas para instrumentar la carrera”.
Christian Herrera explicó por qué el folklore sigue siendo el centro de todo
La relación de Herrera con la música empezó mucho antes de cualquier escenario grande. Al recordar su infancia, mencionó reuniones familiares con guitarreros, cumpleaños, santiadas y jornadas en el campo dedicadas a la virgencita de Guadalupe, a San Lorenzo o a San Antonio. En ese ambiente, atravesado por bombos, violines y canciones populares, ubicó el nacimiento de su vocación.
Con el paso de los años se fue a Tucumán para estudiar, pero mantuvo siempre el vínculo con la guitarra y con un repertorio apoyado en imágenes del norte. En su mirada, muchas de sus letras y melodías salen de escenas concretas, como una escuelita rural o un árbol del Chaco salteño. Esa raíz, según dejó en claro, no se negocia aunque su carrera sume proyección nacional e internacional.
También habló de su costado futbolero, una pasión que convive desde siempre con la música. Contó que hoy juega en los seniors de San Martín en Ciudadela y se definió como un “futbolista frustrado”, mediocampista por derecha, más atento al pase que al lucimiento. Esa faceta, lejos de ser un detalle menor, refuerza la conexión con la pelota que arrastra desde la niñez y que volvió a activarse con fuerza en el viaje al Mundial.
Al repasar lo vivido, reconoció que en su carrera hubo “muchísimas más frustraciones que cosas lindas”, aunque remarcó la necesidad de mantenerse firme. “Hay que bancarla”, sostuvo. Y al hablar del aprendizaje que le dejaron esos años, agregó: “Abrir los ojos y las orejas para seguir aprendiendo”. Sobre el valor que le da al género que interpreta, fue tajante: “Es la música madre, la que está en nuestro ADN. Ahí hay sentido de pertenencia, hay tradición, hay cultura”.
Ese mismo sentido fue el que dijo haber sentido en Dallas, cuando pensó en los chicos de Morillo mientras avanzaba hacia su butaca. Por eso eligió registrar la entrada al estadio y compartirla. “Se me hacía oportuno mostrarles a los chicos que estamos conectados a través de nuestras canciones. Hoy, conectado con los niños, no le puedo pedir más nada a Dios”.


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