Un dato que expone la ayuda en alimentación para niños en Argentina

El informe de la UCA marcó una baja reciente de la pobreza infantil, aunque advirtió que siguen las privaciones en comida, salud, vivienda y servicios.

La asistencia en alimentación para niños y adolescentes en Argentina alcanzó en 2025 al 64,8% de esa población, de acuerdo con la Encuesta de la Deuda Social Argentina de la UCA. El relevamiento mostró, además, que la pobreza infantil fue de 53,6% y la indigencia de 10,7%. Aunque ambos indicadores bajaron frente a los registros más recientes, el estudio remarcó que siguen las carencias en comida, salud, vivienda, vestimenta y servicios básicos, en un cuadro social que todavía se mantiene por encima de los niveles de años anteriores.

El informe ubicó a 2025 como el año con mayor cobertura de ayuda alimentaria de toda la serie. Ese aumento, según la universidad, se viene observando desde 2020 y aparece ligado tanto a los comedores escolares y comunitarios como a la incorporación de la Tarjeta Alimentar. Al mismo tiempo, la cobertura de transferencias monetarias como la Asignación Universal por Hijo llegó al 42,5% de los chicos, con una baja de 3,3 puntos porcentuales respecto de 2024.

En ese marco, la UCA advirtió que la mejora reciente de la pobreza y la indigencia no alcanza para hablar de una solución de fondo. La investigadora Ianina Tuñón sostuvo: “Estas políticas no fueron diseñadas para cubrir por completo los ingresos de los hogares, sino para equiparar el salario familiar de un trabajador formal con el de uno informal. Por eso, es clave mejorar las condiciones laborales de los adultos”.

La ayuda en alimentación para niños en Argentina llegó a su punto más alto

El dato central del estudio es que casi 2 de cada 3 chicos y adolescentes recibieron algún tipo de asistencia alimentaria durante 2025. La cifra, de 64,8%, representa el valor más elevado de toda la serie medida por la Encuesta de la Deuda Social Argentina. Para la UCA, ese crecimiento no puede leerse por separado del deterioro acumulado en los hogares más golpeados por la falta de ingresos.

Junto con ese número, el relevamiento indicó que el 28,8% de los niños y adolescentes atravesó inseguridad alimentaria en 2025. Dentro de ese grupo, un 13,2% sufrió la forma más grave de esa privación. Si bien ambos registros mostraron una mejora en comparación con 2024, la universidad señaló que todavía no regresaron a los niveles previos a 2017.

La mayor presión se concentra en los hogares de menores recursos. El informe marcó una incidencia más alta en los estratos socioeconómicos bajos y también en el Conurbano Bonaerense. A la vez, señaló que la expansión de la asistencia alimentaria desde 2020 estuvo vinculada con una mayor cobertura de comedores y con la puesta en marcha de la Tarjeta Alimentar.

La pobreza bajó, pero la UCA advirtió que el problema sigue siendo estructural

Durante 2025, la pobreza entre niños y adolescentes fue de 53,6%, mientras que la indigencia se ubicó en 10,7%. Los dos indicadores retrocedieron en relación con los picos recientes, pero la UCA puso una advertencia en el centro del análisis. Según el estudio, el dato del año pasado “trae alivio, pero no debemos confundir una mejora coyuntural con la solución de un problema estructural”.

La serie histórica muestra un deterioro de fondo. En 2010, la pobreza infantil alcanzaba al 45,2% de los chicos y adolescentes. Luego bajó en 2011 y 2012, cuando se ubicó en 35,7% y 38,4%, pero desde entonces comenzó una trayectoria mayormente ascendente. Los picos se dieron entre 2020 y 2021, con niveles cercanos al 64% y 65%, y el máximo de la serie para pobreza llegó en 2023, con 62,9%.

En indigencia, la secuencia fue parecida, aunque con movimientos más bruscos. El indicador partió de 11,4% en 2010, descendió a 8% en 2011 y 2012, y después volvió a subir de manera sostenida hasta tocar su valor más alto en 2024, con 17,7%. En 2025 cayó a 10,7%, un nivel que la acercó otra vez a los registros observados en 2017 y 2018.

Por eso, la universidad remarcó que el descenso reciente es importante, pero no cambia el cuadro general. De hecho, sostuvo que “el nivel sigue siendo muy superior al de 2010 y, por supuesto, al de los mejores años de la década pasada”.

Transferencias, trabajo e ingresos: qué mostró el relevamiento

El trabajo también analizó el alcance de las transferencias monetarias no contributivas. En 2025, la AUH y otros programas similares llegaron al 42,5% de los niños. Ese porcentaje fue menor al de 2024, con una reducción de 3,3 puntos porcentuales. Según la UCA, esa cobertura se concentra sobre todo en quienes más lo necesitan, aunque no logra abarcar a todos los hogares pobres.

El informe agregó que también quedan afuera sectores que, aun estando en situación de pobreza, no entran al sistema de protección. Sobre ese punto, Tuñón explicó: “Estas políticas no fueron diseñadas para cubrir por completo los ingresos de los hogares, sino para equiparar el salario familiar de un trabajador formal con el de uno informal. Por eso, es clave mejorar las condiciones laborales de los adultos”.

La investigadora vinculó ese diagnóstico con un problema más amplio. En la lectura del estudio, la asistencia ayuda a sostener consumos básicos, pero no reemplaza los ingresos laborales. Por eso, la evolución del empleo de los adultos aparece como una variable central para entender por qué una parte de los hogares sigue dependiendo de ayuda para cubrir necesidades esenciales.

Además de la alimentación, persisten deudas en salud, vivienda, servicios y vestimenta

La encuesta no se limitó a medir ingresos o acceso a comida. También relevó otras privaciones que afectan de manera directa la vida cotidiana de niños y adolescentes. En 2025, el 19,8% dejó de ir al médico, al odontólogo o a ambos por motivos económicos. Dentro de ese panorama, la atención dental fue la más postergada.

En ese apartado, el informe subrayó: “La atención odontológica es la más postergada, lo que evidencia una deuda histórica de las políticas sanitarias con la salud bucal, a pesar de su impacto en la nutrición, la autoestima y la calidad de vida”. El señalamiento aparece dentro de un diagnóstico más amplio sobre restricciones de acceso a prestaciones básicas.

En vivienda, el relevamiento detectó algunas mejoras de largo plazo, aunque mantuvo el foco en déficits que siguen presentes. El 18,1% de los niños y adolescentes vivía en casas precarias y el 20,9% lo hacía en condiciones de hacinamiento. A eso se sumó otro dato fuerte: el 42% residía en hogares sin saneamiento adecuado.

La privación en vestimenta también tuvo un peso importante. Según la UCA, el 37,5% de los chicos y adolescentes atravesó carencias en ese rubro. El estudio señaló que esa falta no solo refleja un problema material, sino que además trae consecuencias emocionales asociadas.

En el mismo contexto, Tuñón también mencionó la baja de la natalidad. Según indicó, más allá de ser una tendencia global, ese fenómeno aparece como otra señal del impacto que la crisis social tuvo sobre las decisiones familiares.